Un ejercicio entre texto e imagen que se renovó semanalmente.

En cada uno hay un microrrelato disparado por una imagen, o una imagen que surge de un microrrelato.

Diego Axel Lazcano

 

Artista Visual y Diseñador Gráfico. Participa en exposiciones y convocatorias colectivas de artes visuales. Edita publicaciones independientes.

Participó en "…xyzA-Cdef…" antología de poesía visual argentina y catalana (Tiempo Sur, Associació Cultural de Poesia Pont del Petroli,  Badalona - Buenos Aires 2019)

Silvina Gruppo

 

Es licenciada en Letras (UBA) y docente en la Licenciatura en Artes de la escritura (UNA). Coordina talleres de narrativa. Organizó la parte literaria del libro interdisciplinario 3 historias en 1 clic, de la Fundación PH 15. (Fa editora y 27 Pulqui, 2018). Su primera novela, Oeste, fue publicada en Argentina (Conejos, 2019) y en Uruguay (Ediciones de la Banda Oriental, 2020)

Juntos crearon y editaron el proyecto 8cho Y och8

Limonero. Fotografía. Toma directa

Ilusión

 

Entre la puerta del departamento de Manuela y la de calle había veinte metros de pasillo descubierto. Apenas se mudó le vio potencial de patio, no le importaba que fuera un lugar de tránsito de vecinos, compró canteros y puso jazmines. Las plantas rompieron el hechizo: se embicharon y para la primavera eran palos secos. ¿Qué esperaba? Aunque no tenía techo, ese pasillo estaba lejos de ser espacio al aire libre. Era húmedo, gris y, encajonado entre construcciones, sólo atrapaba algunos minutos de la luz perpendicular del mediodía.

Ni bien se desencantó del P.H., conoció a Serafín. Era flaco al extremo, Manuela le descifraba el esqueleto pero no llegaba a imaginarlo desnudo. No fue atracción, sino curiosidad. Cuando lo tuvo sin ropa en su habitación, se empecinó en mirarle la erección o los ojos para asegurarse de que ahí había un cuerpo viviente. De tan magro, la desnudez pasaba desapercibida y el esqueleto redoblaba la apuesta por hacerse visible. No le gustó, pero no quiso que la tomara por una histérica: ya se había embarcado. La presión de los cuerpos fue dolorosa, la lucha amatoria la dejó resentida, los huesos la habían apaleado. Por turnos Serafín le imprimía el costillar o las crestas de la cadera en la carne que se le fue llenando de moretones. Manuela se pasó la noche tratando de sortear la osamenta y, si acaso logró dormir, soñó con cosas puntiagudas, afiladas. No había amanecido cuando se hartó, prendió la luz, buscó la ropa y lo obligó a salir. Serafín puteó. Se gritaron. Cuando lo vio vestido otra vez, le vino a la cabeza la estampa de un espantapájaros y sintió un miedo infantil. En el pasillo el tipo se bajó la bragueta, meó los canteros, la sacudió soez y por fin se fue.

Semanas más tarde los jazmines rebrotaron. Parecían que revivían, pero no, sólo crecieron espinas, agujas largas sobre las que se enredaban otras más finas. Pura amenaza, un cactus sin pulpa. Los habría arrancado urgente, pero si se apuraba, iba a terminar con las manos heridas.

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