Un ejercicio entre texto e imagen que se renovó semanalmente.

En cada uno hay un microrrelato disparado por una imagen, o una imagen que surge de un microrrelato.

Diego Axel Lazcano

 

Artista Visual y Diseñador Gráfico. Participa en exposiciones y convocatorias colectivas de artes visuales. Edita publicaciones independientes.

Participó en "…xyzA-Cdef…" antología de poesía visual argentina y catalana (Tiempo Sur, Associació Cultural de Poesia Pont del Petroli,  Badalona - Buenos Aires 2019)

Silvina Gruppo

 

Es licenciada en Letras (UBA) y docente en la Licenciatura en Artes de la escritura (UNA). Coordina talleres de narrativa. Organizó la parte literaria del libro interdisciplinario 3 historias en 1 clic, de la Fundación PH 15. (Fa editora y 27 Pulqui, 2018). Su primera novela, Oeste, fue publicada en Argentina (Conejos, 2019) y en Uruguay (Ediciones de la Banda Oriental, 2020)

Juntos crearon y editaron el proyecto 8cho Y och8

Deudas

 

Las primeras nociones de contabilidad las aprendí en la iglesia. El padrenuestro rezaba: perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Era claro y cerraba perfecto, Dios me perdonaba si yo andaba perdonando a los otros y listo. Se trataba de una economía moral básica, el ojo por ojo del bien. Deuda hablaba de pertenencias ajenas que había que reponer, del favor de los adultos a recuperar después de una travesura, o de la amistad de los compañeros que había que ganarse a fuerza de dar y guardar secretos, por ejemplo. Era un toma y daca y, mal que mal, me las arreglaba para cerrar el balance de cada día y dormía tranquila.

Hasta que nos citaron a todos en el salón de actos para informar que la comisión episcopal de no sé dónde había cambiado la letra de la oración. Nos la enseñaron de nuevo y nos la hicieron repetir mil veces. La metáfora de saberse las cosas como el padrenuestro siguió siendo moneda corriente, pero a mí se me habían quemado los papeles. Un enchastre. Nunca más pude volver a recitarlo de corrido. Ahora, en lugar de deudas y deudores, teníamos que perdonar y pedir perdón por las ofensas. Imposible calcular con exactitud cuánto se habían ofendido los otros y, en relación, cuán grave había sido lo que habíamos hecho. Era desesperante, a cada rato tenía miedo de haber sido culpable por algo y me sentía en bancarrota.

Antes de la jornada de clases, había una misa express optativa a la que no iba nadie. Con suerte el público llegaba a tres o cuatro personas con los ojos pegados: una monja senil que ya no le seguía el ritmo a la congregación, el alumno casual que había llegado temprano a clase y no tenía nada mejor que hacer y yo. Empecé a ir todas las mañanas a confesarme y era precavida: me imaginaba en los líos en los que me iba a meter y ya pedía perdón por anticipado. Salía de la capilla sintiéndome liviana y poderosa. Podía hacer lo que se me ocurriera, tenía crédito con el más allá.

Sin título. Tinta sobre papel

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